Bleach: Sekai Shuuryou
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Academia... ¿En Karakura?

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Mensaje  Jigoku Nariel el Dom Ago 14, 2011 2:31 am

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ...:::CAPÍTULO 1:::...Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ


Era el primer día de clase y el despertador sonó cuando llegó la hora. Detestaba ese sonido que la hacía salir de sus sueños más profundos ¿Por qué no podía quedarse horas y horas metida en la cama? Las vacaciones de primavera se le habían hecho demasiado cortas. Salió de la cama y se quitó el camisón con un leve gruñido, dejándolo caer sobre las ropas deshechas de su lecho.

A sus 17 años Kaamia era una estudiante modelo, aunque realmente no llegaba a esforzarse ni la mitad que sus compañeros: con leer las cosas un par de veces las podía retener en su cabeza. Pero no solo destacaba por eso, sino también por su aspecto: era hija de una pareja de Egipcios que se habían trasladado a Japón, a Karakura, siendo ella a penas un bebé. Se decía que su madre, además, descendía de andaluces, lo que había provocado una curiosa mezcla en la muchacha. Era alta, de casi 1,80, de cabellos rojos como el fuego y ojos violáceos que destacaban más aún gracias a su tostada piel. Además no cumplía la norma estética oriental, ya que no era precisamente delgada y plana, sino que sus curvas estaban bien marcadas y su pecho era de un tamaño acorde con su altura, quizá incluso un pelín más grande de lo normal. Aunque al principio aquel aspecto trajo burlas siendo pequeña, ahora era una más de la clase y eso le encantaba.

-¡Kaamia, a desayunar!- la fuerte voz de la madre resonó en toda la casa. Suspiró y salió del cuarto una vez se puso el uniforme de la escuela, algo incómodo para su gusto.

En la cocina su madre había preparado un tazón de cereales con leche, unas tostadas y un vaso de zumo para ella. Además tenía preparado un obento para la escuela. Sonrió nada más verlo: su madre era mucho más aplicada en todo que ella, que era una vaga sin remedio.

-Buenos días mamá- dijo tranquilamente, tomando asiento en la silla de la cocina -¿Papá ya se ha marchado?

-Sí, hace un buen rato, cielo- la mujer se giró. No podía negarse que fueran madre e hija, ya que eran prácticamente idénticas salvo por el color de pelo y los ojos. La mujer tenía el cabello negro, como el ébano, y sus ojos eran del color de la miel, casi confundiéndose con el tono de su piel, también tostada -. Pero me ha dicho que te portes bien y que a la noche te traerá el libro que le encargaste.

-Perfecto- le encantaba leer y solía devorar todo aquel libro que su padre le compraba, por lo que cada poco tenía que ir a por alguno nuevo. Agradecía enormemente que su padre tuviera esos detalles con ella, que se tomara la molestia de comprar, cada poco, un libro nuevo.


A penas hubo terminado de desayunar, el timbre de la puerta sonó, por lo que se levantó y salió corriendo tras despedirse de su madre y coger el obento. Siempre acababa saliendo con el desayuno en la garganta, pero no aprendía: la cama era demasiado confortable como para acortar aún más su sueño diario. Abrió la puerta, con una sonrisa, y alzó la mano para saludar a su compañera. En la puerta del pequeño jardín esperaba paciente una alta muchacha, de largas piernas y cabellos oscuros, con unos preciosos reflejos violáceos, de piel pálida y grandes ojos. Keiko pasaba cada día a buscar a Kaamia para ir las dos juntas a la escuela. Era lo que más le gustaba del colegio: poder estar con su grupo de amigas.

-¿Otra vez sales con el desayuno en la boca, Kaa-chan?- preguntó la muchacha con una pequeña risa casi socarrona.

-Gomen, ya sabes que siempre me tomo mi tiempo para todo ¿Lista para el primer día de clase?

-Tampoco creo que cambie mucho a como fue el último hace unos días- rió nuevamente mientras comenzaba a caminar. En eso Keiko tenía toda la razón ¿Qué iba a cambiar en a penas unos días? Estarían con los mismos compañeros y tendrían, posiblemente, los mismos profesores.

-El año que viene tendremos el mayor cambio- suspiró la pelirroja. Era su último año en el instituto, en preparatoria; pronto tendrían que separarse y cada uno elegir el camino a seguir el resto de sus vidas. Ella aún no lo tenía del todo claro, pero sabía que debía ser algo relacionado con las personas.

-Vamos, no pienses en eso ¡Aún nos queda un año entero! Tenemos muchas cosas que vivir ¿no crees?

-Sí, en eso tienes razón- sonrió nuevamente, asintiendo.

-¡Oe! ¡Kei-san! ¡Kaa-chan!- una alegre y gritona voz hizo que giraran ambas a la vez el rostro hacia su derecha. Corriendo por una de las calles iba Ryoko. Era bastante más baja que ellas, de cabellos albinos y ojos como el cristal. Su sonrisa era traviesa y maliciosa y su cuerpecito, aunque no muy grande, poseía marcadas las curvas de una mujer, las cuales mostraba normalmente más de lo normal debido a que vistiendo era un desastre y llevaba todo mal puesto y mal abrochado. Y ahí, donde se la veía, era la hija del señor del dojo más importante de todo Karakura.

-¡Ah Ryo-chan! Buenos días- dijo Kaamia con una sonrisa, mientras Keiko posaba la mano sobre los cabellos de la peliblanca, sonriendo.

-Como siempre nos has pillado de camino- dijo con una sonrisa. Ryoko asintió firmemente, alzando los brazos.

-¡Claro que sí! Tengo fichada vuestra hora de pasada por aquí, así que procuro llegar a tiempo para que no tengáis que esperarme- las tres se sonrieron a la vez que volvían a retomar el camino, alegremente -¿Quién creéis que nos tocará este año como tutor?

-Pues… No lo sé, pero me gustaría que fuera Shiba-sensei… es una mujer muy metódica y muy tranquila; además explica de maravilla- dijo Keiko, asintiendo tranquilamente.

-Yo prefiero a Evans-sensei- dijo la pelirroja, rascándose la cabeza unos instantes -. Solemos reírnos mucho con él en Inglés, además es muy galante y muy muy guapo- rió, arrugando la naricilla de manera infantil.

-Pues yo prefiero a Amamizu-sensei, está medio loco y siempre acaba liándose él solo con las lecciones o está tan vago que nos deja hacer lo que queramos- dijo la peliblanca, entre risas. ¿Quién les tocaría? Eso era algo que estaban a punto de descubrir; cada año el nombramiento del tutor era algo que entusiasmaba a los alumnos ya que, dependiendo de quien les tocara, su curso podía ser más relajado o un infierno.

Spoiler:
Bueno, pues aquí una paranoia fruto de una tarde de aburrimiento XD He cogido a los personajes del foro (de momeno a Keiko a parte de los mios porque me ha dado permiso) y les he hecho alumnos. Pretendo hacer, de vez en cuando, captulitos cortos con historietas que les vayan ocurriendo... espero poder añadir a algunos más que me den su consentimiento ^^ Ale, aunque no es gran cosa, que os guste mucho =P
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Mensaje  Jigoku Nariel el Miér Ago 17, 2011 3:34 am

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ...:::CAPÍTULO 2:::...Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ


Las tres muchachas no tardaron mucho en llegar al instituto. Al ser el primer día debían reunirse en el enorme salón de actos para las presentaciones de las clases y los nuevos tutores. Los grandes portones de madera estaban abiertos de par en par y los alumnos más jóvenes que ya habían llegado corrían de un lado para otro saludando a los compañeros, comentando sus cortas vacaciones de primavera,… Lo normal que solía hacer todo alumno.

Cuando pasaron al interior del recito la mayoría de sus compañeros ya estaban colocados en su fila, la correspondiente a su curso actual. Llevaban desde el primer año de instituto juntos y se llevaban bastante bien, aunque como en todos lados se habían formado diversos grupos dentro de la clase.

-¡Kaa-san! ¡Kei-san! ¡Ryo-chan!- una voz femenina hizo que las tres muchachas buscaran su origen hasta dar con una muchacha de mediana altura, de cabellos negros como el ébano y piel pálida, con dos grandes ojos azules como la noche. Lisanna las había localizado nada más entrar y corrió directamente hacia ellas. Era la que menos tiempo llevaba allí ya que su padre se había trasladado a Japón hacía tres años por trabajo desde Nueva york, llevándose consigo a su esposa y a su hija pequeña.

-¡Lisa-san!- la pelirroja corrió rápidamente a abrazar a su amiga, con una amplia sonrisa. Siempre era agradable ver a los amigos después de las vacaciones y comentarlas con ellos.

-¿Siempre sois tan escandalosas cuando os saludáis?- esta vez fue la voz de un muchacho la que se unió al grupo. Zen se había detenido al lado de las chicas con su bonachona sonrisa y sus rojizos ojos ligeramente entrecerrados.

-Vienes despeinado como siempre, Zenutrio- soltó la peliblanca antes de reír. Todo el mundo sabía que aquellos dos eran grandes amigos, pero la muchacha tenía la curiosa manía de meterse con él solo por diversión.

-Ryo-chan ¿Es el primer día y ya empiezas con eso?- se quejó, haciéndose un poco la víctima, aunque todo dentro del ambiente normal. Los dos, enseguida, se echaron a reír a carcajada limpia.

-Es genial veros de nuevo- dijo Lisanna con una sonrisa, abrazándolos uno por uno a todos. La primera vez que lo hizo a los chicos les pareció algo muy atrevido por su parte, pero visto que ella era así siempre, acabaron por acostumbrarse a esos arrebatos de cariño.


La sala cada vez estaba más abarrotada de gente y había que alzar la voz demasiado para poder comunicarse con los demás. Por la puerta entró entonces otro de la clase, un muchacho reservado, con el cabello rubio y de punta y aspecto bastante altivo. En su oreja izquierda llevaba tres pendientes, por lo que normalmente le trataban como si fuera un macarra. Pero Yuki era todo lo contrario a un macarra: no muy mal estudiante, nunca se metía en problemas y además iba a clases de kendo, lo que le había hecho adquirir la educación y la forma de pensar y actuar de cualquier espadachín, anteponiendo el honor a cualquier cosa. Aunque fuera bastante escueto y a veces un pelín borde, Ryo se llevaba bien con él, ya que el uno solía aprender de las artes del otro cuando nadie les veía.

-¡Yuki-kun!- gritó la muchacha mientras salía disparada hacia él. Nada más llegar dio un salto y se abrazó a él como un mono, con brazos y piernas. El chico no pudo hacer más que agarrarla y suspirar.

-¿Ya el primer día y dando por culo? Mira que te gusta fastidiar- dijo con un tono seco, golpeando con ambas manos las nalgas de la peliblanca, la cual saltó como un resorte al suelo.

-¡No me trates como si fuera una niña pequeña, jolín!

-Pues no te comportes como tal- continuó su camino, saludando con la mano al resto de los compañeros.

-¡¡Alumnos, todos colocaros en vuestros lugares que la ceremonia va a comenzar!!- la voz del subdirector se alzó firme a través de los altavoces, acallando el jaleo general que había en la sala. Poco a poco todos los alumnos fueron colocándose en sus respectivos lugares, a la espera, en primer lugar, de la asignación de los tutores.

Si hubo algo que sorprendió al grupo de primeras fue ver que, entre los habituales profesores había un par que eran nuevos. Uno de ellos era una mujer no muy alta, de cabellos castaños y sonrisa impecable que vestía una bata blanca sobre una ropa un tanto inusual; debía ser la nueva enfermera de la escuela. El otro era aún más impactante si cabía: un hombre enorme, de más de dos metros por lo que calculaban, de anchos hombros y cabellos rojos como el fuego, de rostro serio y mirada brillante, alerta, como los ojos de un halcón. Era joven y las chicas no pudieron negar su notable atractivo físico.

-Bien, como siempre- continuó el director, sacando a los alumnos de su corto ensimismamiento –comenzaremos la asignación de los tutores desde primero de secundaria hasta segundo de preparatoria y después el director os dedicará unas palabras para el nuevo curso- todos suspiraron largamente y pronto comenzó la ceremonia.

Kaamia aprovechó para recontar a sus compañeros, cotilleando quien había acudido y quien no. Pudo ver a Shinji, un muchacho alegre de verdes ojos y cabello caoba que siempre tenía buenas notas en economía doméstica; las gemelas también había acudido aquel día y, como siempre, se las podía reconocer por el peinado: hanako llevaba el pelo recogido en dos largas y pulcras trenzas mientras que Nanako llevaba el pelo suelto y ligeramente revuelto. Daisuke, Kyouya, Sano, Naomi, Sora,… todos estaban presentes en la sala ¡Ese año no había faltado nadie! Normalmente alguno solía aprovechar para hacer novillos y no aparecer por allí en todo el día ¿Sería cosa de que fuera su último año allí?

-Segundo de preparatoria clase 1- dijo de repente el subdirector. Todos se tensaron un instante al escucharlo y, por primera vez en toda la ceremonia, atendieron a sus palabras como si de ello pendiera si vida -. Vuestro tutor este año será el nuevo profesor de Japonés, Jigoku Aion- aquel enorme hombre pelirrojo se levantó, colocándose delante de la fila de alumnos de su nuevo curso, e hizo una reverencia que todos contestaron a su vez. Parecía serio, así que posiblemente las tutorías con él serían aburridas ¿Porqué no les habría tocado alguien más animado?


-A los nuevos alumnos, bienvenidos- tras asignar los últimos tutores el director se acercó tranquilamente hacia el estrado. Era un hombre que realmente imponía, casi de las mismas dimensiones de su nuevo tutor; de cabellos cortos y canos y con una espesa barba bien recortada. Daba la impresión de ser algún jefe militar importante de no ser por la traviesa sonrisa que siempre había en sus labios; todo el mundo sabía que el director Kuramochi era muy dado a organizar grandes eventos más para su disfrute que para el de sus alumnos. Era como un niño grande -; a los antiguos daros nuevamente la bienvenida a la que será vuestra segunda casa durante el curso escolar. Vosotros, alumnos, estáis en vuestros mejores años, años en los que crecer como persona, en los que experimentar, años en los que reír y llorar al lado de vuestros compañeros, de absorber todo aquello que vuestros profesores os puedan aportar. Y vosotros, profesores, tenéis el deber de ayudarles a crecer como personas, a incentivarles el aprendizaje de las materias y a afrontar la vida tal y como se les presentará una vez salgan de aquí. La escuela es un lugar no solo para aprender cosas de carrerilla y soltarlas en un trozo de papel en blanco, sino que es un lugar donde forjar los mejores recuerdos, donde comenzar las grandes aventuras de vida, donde aprender donde está el límite entre la travesura y la malicia, entre el bien y la inocencia- la voz sonó clara, alta para todos los alumnos. A la mayoría de ellos les encantaba escuchar hablar al director ya que desprendía una fuerza y un cariño de manera tan natural que para poca gente pasaba desapercibido. Era como el abuelo de todos y cada uno de los alumnos de aquel instituto -. Hijos míos, hoy empieza un nuevo curso y yo, Kuramochi Takashi, os prometo que será el mejor año de todos- la sala entera irrumpió en aplausos y vítores. Si había dicho eso era porque el director ya tenía en mente las actividades que quería hacer y, sin duda, aquello prometía mucho.
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